Una biografía del olvido
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Veo el rostro de un hombre en cuya frente los ángeles terribles no se posan ni en sus ojos planean aves sordas. Veo el sueño prendido en su pupila y una lluvia de sal sobre su piel oscura y temblorosa, una lluvia de sal amarmolada tiñéndole las manos. Es la hora. Pero el hombre no sabe que ya es hombre ni yo logro acercarme a las palabras y desvestir el temblor que hay en su gesto. El hombre no recuerda su pasado ni es capaz de sentir esta tormenta ni guarda en su cabeza aquella imagen donde ya estuvimos frente a frente.
Quisiera estar más cerca. Quisiera reencontrar en el lenguaje el límite entre él y mi nostalgia, nombrar desde el lenguaje su presencia y humedecer la sal que lo deseca como un río nos limpia las heridas o nos devuelve al lugar de donde somos.
Porque el hombre también conoce el miedo: lo he visto, le repta por la pierna.



