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Agenda, sumario, confidencias, memorias, libro de horas, diario, meditaciones, epistolario, cuaderno de notas, dietario, crónica, memorándum, cada uno de estos sustantivos y algún otro podrían utilizarse para nombrar, siempre parcialmente, lo que parece constituir ya un “género literario” determinado, el que viene definiéndose como “género memorialístico” o “autobiográfico”. Pero, ¿qué es lo que define básicamente, por ejemplo, al diario íntimo, que hace que no se confunda con las demás manifestaciones de lo autobiográfico y pueda participar de todas ellas e incluso de otros géneros literarios? Lo que, a nuestro entender, lo definiría radicalmente sería la intimidad de la misma lengua tomada como vehículo de comunicación. El diario íntimo es el del hombre común que no tiene nada que contar, pero siente la necesidad de decir, de decirse cosas. Algo es dicho cada vez que no acabamos de decir lo que queríamos.
Aunque podamos concluir junto a otros autores en que con la publicación de los Diarios de Amiel se inaugura el género, es decir, que el género se inicia con la publicidad de unos escritos que no estaban destinados ni pensados para hacerse públicos, también concluiremos en que es aquí donde comienzan las dificultades a la hora de definir ese género al que aludimos en sus distintas facetas y cuando se nos plantean una serie de interrogantes de alcance insospechado. El propio Amiel solicita de sus amigos que su diario, que inició como algo escrito para nadie o a lo sumo para el yo del propio autor en su desdoblamiento –siempre hay un interlocutor en cuanto se empieza a escribir–, sea publicado póstumamente. También en vida, Amiel dio a leer su diario a algunos amigos, pero, ¿equivaldría esto a decir que lo hizo público? Creemos que no, su lectura por parte de un círculo reducido de íntimos hace que no escape al ámbito de la intimidad para el que fue concebido en su inicio. El diario se hace en realidad público cuando es entregado a la acción de la reproducción, de la publicación. Hasta ese momento ha sido único, que no secreto. Al llevarlo a la prensa pierde su carácter privado, pero ¿y su carácter intimo?, ¿lo pierde también al ser reproducido? O por el contrario, ¿es el libro el único refugio capaz de albergar todavía la intimidad sin el riesgo de que ésta se destruya por el hecho de ser compartida, leída, hecha pública?
No en balde otorga Andrés Trapiello el título genérico de Salón de los pasos perdidos a su diario en marcha como espacio que le da cobijo. Sin embargo ese espacio no puede ser ya el de la intimidad del hogar, pues el exterior se ha apoderado de él, sino el de un salón que apenas puede retener los ecos de las pisadas; un mero lugar de tránsito. ¿Es este género, en consecuencia, “el espejo de una memoria moderna” como decía Renan del diario de Amiel, en la medida que el hombre actual necesita retener una realidad que le huye de continuo? ¿Ha de ser el género autobiográfico un mero registro de lo cotidiano sin más? O como señala ya el propio Amiel: “Hay que cambiar de método: en vez de conservar las flores secas, que son inútiles cadáveres, conservar el perfume que es la vida” (…) “en vez del itinerario del viajero, sus impresiones de viaje”.
Sólo mediante el arte podemos salir de nosotros mismos, saber lo que ve otro de ese universo que no es el mismo que el nuestro. Por eso el placer de la lectura de los diarios es análogo al deparado por el de las biografías, memorias, libros de viaje, conversaciones o cartas.
Para que las cosas que vieron otros ojos distintos a los nuestros perduren en la obra, interesen a nuestra vida, es menester que el autor las haya trasladado al plano de la única realidad de cada uno, al plano de su propia sensibilidad. Y es que las cosas, tal como indicó Proust, en cuanto las percibimos pasan a ser en nosotros algo inmaterial y se mezclan con carácter indisoluble con las sensaciones y preocupaciones del momento en que fueron percibidas. De ahí que la literatura que se limita a “describir las cosas”, a dar una mísera visión de líneas y superficies, es la que, llamándose realista, está más lejos de la realidad, pues corta toda comunicación entre nuestro yo presente con el pasado, cuyas cosas conservaban la esencia, y con el futuro, en el que nos incitan a gustarlas de nuevo. Es esa esencia lo que el arte digno de este nombre debe expresar y, si fracasa en el propósito, todavía se puede sacar de su impotencia una enseñanza: que esa esencia es en parte subjetiva e incomunicable. No se trata de redimir la vida por la obra y perder así la literatura de igual modo que se pierde la realidad. Es el género autobiográfico, por el contrario, un género abocado a un conocimiento de la vida propia y de la del otro, que incluso, en palabras de José Múñoz Millanes, por el hecho de “señalar el instante marginal del detalle añade matices insospechados a la vida.”

Hay diarios de la literatura hacia la literatura, diarios desde la vida hacia la vida, de la literatura hacia la vida y de la vida hacia la literatura. ¿Son todos ellos un sucedáneo de “la vida” como escribió Amiel? Lo autobiográfico requiere sólo de lo vivo y de lo vivido, aunque lo vivido no sea nada, como en el caso de Amiel. El testimonio es la coincidencia del estado de la escritura con lo vivido. En el recuerdo las imágenes de los momentos vividos nos ocupan con mayor intensidad que en el instante en que las vimos. Llevar un diario es un modo de fijar esas imágenes, de darles un continuum. Y al dárselo a nuestra vida se lo estamos ofreciendo de modo escrito a los demás.
Todo texto autobiográfico no nace de una tesis previa, de ahí en parte, la dificultad para poder ser definido por la crítica. Se trata, además, siempre, de un texto inconcluso y que por lo general se aparta del resto de la obra de su autor, en caso de que la hubiere. Dos dificultades éstas que añadidas a la anterior hacen que el crítico no pueda circunscribirlo a un género concreto. La riqueza y grandeza de estas formas de escritura estriban precisamente en eso, en su imposibilidad de ser “entomologizadas”.
El diario de un escritor siempre será el diario de ese escritor y se tendrá que estudiar en función de esa individualidad, de esa sensibilidad no intercambiable. Si el “género autobiográfico” llegase a algún tipo de definición y sus autores a ser clasificados por sus modos de hacer como ocurre con la narrativa o la poesía, sería, una vez más, por el carácter vehemente de los críticos o del mercado, pero en esta ocasión con menor fundamento que en los demás casos. Frente o junto a ellos la crítica sólo podrá operar dos tipos de movimiento: el de mera aproximación y rechazo o el de complicidad, los que corresponden al lector y no al crítico.
En la escritura autobiográfica, insistimos, lo que interesa es la vida del autor y más que esto: la vida en general vista a través de la sensibilidad de un autor, aunque sea un gato. Veánse si no las magníficas Memorias del gato Murr, narradas por E.T.A. Hoffmann en un sorprendente gesto de malabarismo literario. Y aquí nos topamos con la eterna cuestión de la sinceridad o no sinceridad de los diarios, las memorias, las autobiografías, etc. El diario, en la medida que deja de ser sincero, de no atenerse a la verdad de los hechos tal como han ido ocurriendo, ¿se transforma en otra cosa?, ¿puede acabar convirtiéndose en una novela, en una novela en marcha? Debemos añadir a la sazón que la crítica, por ejemplo, se ha manifestado casi unánime al considerar la obra diarística de Andrés Trapiello como una novela en marcha, el propio Trapiello en un artículo reciente, no en vano titulado “Vidas”, retoma de Cómo se escribe una novela de Unamuno la siguiente cita: “¿Es más que una novela la vida de cada uno de nosotros? ¿Hay novela más novelesca que una autobiografía?” Debería ser de sobra sabido que lo real no es lo más verdadero, sino lo más auténtico, y cuando la realidad es objetiva, no le basta expresarse directamente, sino que precisa ser desprendida y puesta en circulación bajo la forma de una novela o simplemente como la crónica de unos hechos acontecidos y sentidos por un autor preciso.
No fijar el instante vivido ni tratar de retenerlo en el tiempo, sino vencerlo, sublimarlo, es algo que está reservado a la obra escrita en general y a los escritos autobiográficos en particular, ya que los recuerdos son seres inquietos y, en contra de lo que parece, autónomos en relación a la memoria que los archiva. Ésta los acoge, los cuida, pero a veces también los deforma y sólo cuando son reactivados, revividos, porque el recuerdo por regla general llama a otro recuerdo, es cuando cobran independencia respecto a la alcancía en que han sido almacenados. Eso es algo tan evidente como inquietante. En su inquietud, la que en nosotros puja por recordarlos, es precisamente donde radica su importancia, su fortaleza. Pues nadie debería ignorar tampoco que el recuerdo, la capacidad de recordar nos vivifica porque revitaliza el tiempo. Y revitaliza el tiempo por su capacidad de actualizar el pasado. “Para quienes la vida se ha transformado en escrito, que sólo así se encuentran a sí mismos, y sólo así –huyendo del presente– pueden entenderlo –decía Walter Benjamin–, es el recuerdo la medida de la vida.” Los que escriben memorias deberían, por otro lado, saber que la memoria no es infalible y habrían por tanto, de estar atentos a las rectificaciones de aquellos que recuerdan las cosas de otro modo, por más que las personas necesiten la certeza de lo que les pasa en la vida y que la realidad de nuestra biografía valga más que cualquier consuelo.
En un mundo fragmentario como el nuestro, donde no es posible la representación porque todo es puro simulacro ya no cabe interpretación alguna sino simplemente llegar a comprender el qué, no el porqué de las cosas, en un doble movimiento que va de lo interior a lo exterior para volver de nuevo a lo interior, pero esta vez al interior mismo del lenguaje, con tal de devolverle el sentido a las cosas del mundo.